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Carta de despedida

Querido Rafael:

¿Cómo que te fuiste así de repente a tan sólo dos días de que terminara el año? Es cierto que sabía que estabas enfermo, pero cuando se quiere a un amigo tan entrañable como tú, una siempre tiende a pensar que la amistad puede convertirse en un antídoto contra todos los males. No fue sino hasta el martes por la mañana en que Enrique y yo nos enteramos por nuestro periódico (el tuyo y el de todos) de tu partida. Tuve que leer tu nombre varias veces en las esquelas, para convencerme que efectivamente eras tú el que se había ido, y no otro también llamado Rafael Ruiz Harrell. Por la tarde le llamé a nuestra amiga en común, la doctora Patricia Rodríguez, para confirmar algo que temía confirmar. "Sí", me dijo cuando le pregunté. "Lo vamos a extrañar mucho", agregó sombría. No obstante, conforme me platicaba de ti, su voz se iba alegrando poco a poco. Al cabo de un momento se empezó a escuchar tan natural, que era como si tú también estuvieras participando en una conferencia tripartita: "A él le encantaban las piernas de Cyd Charisse, la actriz que salió en Singin' in the rain y que por cierto aún no se ha muerto. Si mal no recuerdo tiene 86 años. Adoraba el cine. Bueno, pero déjame decirte que Rafael tocaba el piano maravillosamente bien. Sabía todo acerca de cualquier tipo de música. Era un verdadero melómano, gran admirador de Philip Glass. En su casa en Cuernavaca tenía una biblioteca extraordinaria. Un día que fui me enseñó una foto de su madre; ella era de origen irlandés, ¡guapísima! ¿Sabías que Rafael fue discípulo del filósofo Bertrand Russell y el brazo derecho del filósofo de la ciencia y miembro prominente del Círculo de Viena, Rudolf Carnap? Siempre le dijo a Rafael que él era el que debería de continuar con su legado. Le encantaba comer, especialmente helados y pasteles. Era un gran fumador. Aparte de filosofía, poesía, derecho, criminalidad y derechos humanos escribía acerca de otros temas como por ejemplo los derechos de la mujer y el aborto. De hecho, hace muchos años escribió en la revista Mundo Médico un texto titulado 'El aborto voluntario en México'. Rafael era inteligentísimo, generoso como era, le gustaba explicar, a quien se dejara, acerca de todo aquello que él entendía a cabalidad. Su libro El secuestro de William Jenkins (Planeta) es espléndido. El que también es buenísimo es el que se llama Exaltación de ineptitudes. Allí acaba con el presidencialismo mexicano. El otro se llama Criminalidad y mal gobierno. Él estaba totalmente en contra de que se usara el Ejército para el combate al crimen organizado porque pensaba que no estaban entrenados para realizar labores de policía y que se podían corromper con gran facilidad. ¿Sabes lo que más voy a extrañar de él? Su gran sentido del humor y su amor a la vida...".

Después de hablar horas con Patricia, le pedí el número de teléfono de Beatriz, tu esposa que tanto amabas. Después de darle a Bea mi más sentido pésame también ella me platicó mucho de ti. Me contó que antes de doctorarte en filosofía de la ciencia en Inglaterra, pertenecías a la llamada "Generación del Medio Siglo", junto con Carlos Fuentes, Porfirio Muñoz Ledo, Javier Wimer y otros más. Me contó que esta generación se había iniciado en los cincuenta alrededor de la revista Medio Siglo, que se preciaba de ser "expresión de los estudiantes de la Facultad de Derecho". Entonces la facultad estaba dirigida por Mario de la Cueva, quien patrocinó una revista que le diera voz a los estudiantes. Al primero que invitó fue a Porfirio Muñoz Ledo, después vinieron Víctor Flores Olea, Arturo González Cosío y tú, claro. Pero, sin duda, el más inteligente de todos eras tú. En lo que todos coincidían era que México no podía progresar mientras el poder estuviera concentrado tan abrumadoramente en la Presidencia. Había que acceder a la democracia. Le dije a Bea que te quería escribir para despedirme de ti; le gustó la idea. "Tuve el privilegio de vivir 30 años con Rafael", me dijo. Al colgar el teléfono me sentí doblemente triste. "Con toda la mediocridad que reina por todos lados, cuánto lo vamos a extrañar", me dije.

En seguida, entré al internet y puse tu nombre en la página de Yahoo. ¡Cuánta información acerca de tu trayectoria! ¡Cuántas menciones tienes respecto a una barbaridad de temas! Y, ¡cuántos artículos publicados en Reforma desde que se fundó nuestro periódico: "...el gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, que cree que prohibiendo el uso del condón, alentando la abstinencia sexual y defendiendo a toda costa la fidelidad en las parejas logrará erradicar la epidemia de SIDA en su Estado. La ignorancia del gobernador, oscurecida todavía más por el prejuicio, sostiene que todo se reduce a un problema moral", escribiste el 7 de agosto del 2007. En el 2005, se publicó en El Universal: "Rafael Ruiz Harrell, criminólogo que elaboró un estudio de los casinos en México, previno que causarían que unos 2.5 millones de personas se volvieran adictas a apostar a costa de su patrimonio, el de su familia, de amigos y que incurren en delitos pequeños y grandes. Expuso que deben quedar prohibidas las máquinas traganíqueles, de póquer y de ruleta, tres modalidades de apuesta contra un aparato, que son de las más adictivas, con efectos en las personas que han sido comparados con los que causan la cocaína y el crack". El 15 de enero, del 2007, escribiste en Reforma: "Bertrand Russell se pregunta, y con razón, qué caso tiene cometer los mismos errores cuando hay tantos nuevos errores por cometer. ¿Por qué insistimos en seguir combatiendo al crimen como si se tratara de apagar incendios a sabiendas de que no apagamos nada, en vez de hacerlo con una política racional con la que podamos ir aprendiendo? Con excepción de algunos consejos muy concretos, nadie sabe bien a bien qué hacer para abatir la delincuencia. Para descubrir qué sirve es necesario tener el valor de equivocarnos de otra manera". Y tu primer texto publicado en nuestro periódico el 19 de septiembre de 1994, empezaba diciendo: "El principio no está a discusión: es función y responsabilidad de las autoridades perseguir y castigar la delincuencia. No hacerlo, o hacerlo mal, es abandonar una de las razones que justifican la existencia del gobierno del Estado. Sus deberes, en contra de lo que se dice, no se restringen a cuidar las finanzas públicas: además de éste y muchos otros, ha de cumplir y hacer cumplir la ley".

Rafael, ahora que ya te fuiste, ¿qué vamos a hacer sin ti, sin tu columna semanal La Ciudad y el Crimen? ¿Quién nos va a informar con tanta veracidad acerca de la criminalidad y de la delincuencia en el país? ¿Con quién voy a platicar en las comidas de colaboradores de Reforma? Me temo que nunca nadie llenará tu silla ni tu columna ni el enorme hueco que nos deja tu partida tan abrupta. A tu esposa, amigos y a todos tus lectores, mi más sentido pésame.

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Publicado en el periódico Reforma el jueves 3 de enero de 2008.

 

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