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Casa y transeúnte

Rafael Ruiz Harrell

No hay cultura que haya desconocido el crimen. En todas, sin excepción, ha habido delitos. Es claro que no en todas son los mismos. Aunque en ninguna faltan los delitos de sangre -homicidio, lesiones-, el robo, el fraude y aun la propia violación adoptan formas muy diversas.

La delincuencia que padecemos hoy, de claro corte urbano, tuvo algunos brotes en la antigüedad -Babilonia, Asiria, Atenas, Roma-, pero no empezó a adquirir las características que la distinguen hoy en día, sino hasta principios del siglo XVIII, allá por el 1700, cuando la revolución industrial empezó a crear máquinas de hilados y tejidos y muchas personas que hasta entonces habían vivido del campo, tuvieron que emigrar a las ciudades en busca de trabajo. Por desgracia, la producción industrial superaba en volumen y calidad a la que resultaba del trabajo artesanal, y un buen número de personas pasaron a engrosar las filas de los pobres, de los desempleados eventuales, de los pordioseros y, claro, de los delincuentes. Tardaría más de un siglo en distinguírselos con un mote, pero en 1840, ya todo mundo hablaba de ellos como "las clases peligrosas".

En las clases peligrosas había de todo: carteristas, cortesanas, defraudadores, ladrones violentos, bailarinas que servían de señuelo, asesinos, golpeadores, prestidigitadores que entretenían con una mano y robaban con la otra, en fin, todas las especies que componen el zoológico delictivo. Sólo que a partir de 1750 sus actividades se concentraron en dos delitos que, a no ser por el incremento que tuvo el robo de vehículos a partir de 1930, siguen siendo los dos crímenes urbanos más frecuentes: el asalto en vía pública y el robo a casa habitación. Son ellos los que distinguen a lo que propiamente puede calificarse de delincuencia urbana.

Las ciudades

En las grandes ciudades, como el DF, Monterrey, Aguascalientes y Tijuana -así el gobierno de Baja California constantemente niegue los datos-, el robo en vía pública supera sobradamente al asalto a los hogares. En 2005, por ejemplo, la Procuraduría del Distrito Federal registró 6 mil 238 robos a casas habitación y 19 mil 719 asaltos a transeúntes en la vía pública, o sea tres veces más. En los años anteriores, con excepción de los de la crisis de 1994-1995, la proporción fue semejante. De los robos a casas, más o menos el 89 por ciento se llevan al cabo cuando sus habitantes no están presentes.

Lo curioso es que estas cifras son excepcionales, ya que en el resto de la República sucede exactamente a la inversa: los robos a casa habitación superan al asalto en vía pública. Para tomar el mismo año, 2005: las procuradurías del orden común registraron 69 mil 819 robos en vía pública y 88 mil 540 asaltos a casa habitación, o sea 26.8 por ciento de más. Como en el caso anterior, la proporción se mantiene más o menos intocada desde 1995, cuando el robo a casas superó en cincuenta por ciento al asalto en la vía pública y empezó a bajar poco a poco.

El problema

Las cifras anteriores plantean un problema: ¿hay alguna razón para que haya más asaltos en vía pública que robos en casa habitación o a la inversa? La respuesta es simple y triste: la pobreza. Donde predominan los pobres hay más robos a casas habitación y menos asaltos en vía pública.

La constante no es exclusiva de nuestro país: las investigaciones criminológicas que ha efectuado la ONU en más de 125 países revelan lo mismo. En las zonas más pobres de África y Asia, el robo a casa habitación supera a todos los demás tipos de robo. Los motivos son múltiples: en las zonas pobres se roban, sobre todo, cosas para comer y esas se encuentran en los hogares. No tiene caso, ni siquiera en las ciudades africanas más pobladas, caer en el robo callejero ya que el transeúnte rara vez lleva consigo algo digno de ser robado. No es sino en las áreas urbanas donde el desarrollo económico muestra resultados apreciables, donde tiene sentido el robo en vía pública.

De los robos a casas habitación nos hemos ocupado en reiteradas ocasiones. Lo más revelador es que en poco tiempo -dos tres semanas-, se intentará volver a asaltarlo y es necesario tomar medidas preventivas, alarmas y policíacas. Si una casa ha sido robada, la SSP tiene el deber de aumentar su vigilancia. En cuando el robo en vía pública lo primero es no llevar sumas atractivas y evitar los lugares en donde pueda fácilmente ser atacado.

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Publicado en La ciudad y el crimen del periódico Reforma el lunes 3 de septiembre de 2007.

 

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