Manipulaciones
Rafael Ruiz Harrell
Antes de que pudiera precisar qué me molestaba del primer video que exhibió México Unido contra la Delincuencia -aquel, terrible, en el que un hombre le ofrece a las autoridades sus manos mutiladas para que hagan algo contra el crimen-, salió Andrés Manuel López Obrador una vez más con la aburrida cantaleta de que la difusión de semejante testimonio era parte, también, de la conjura permanente que mantiene en contra suya Carlos Salinas de Gortari.
Era tan irracional el infundio, tan descabellado y fuera de lugar, que la única respuesta posible era el diagnóstico psiquiátrico. Un grupo de especialistas convocado por nuestro diario se encargó de hacerlo y, sin excepción, coincidieron en que el ahora ex jefe de gobierno tiene muy puesto el papel de víctima. Manipula a la gente presentándose como el agredido aunque sea el agresor. No es que él no quiera o no pueda: si fracasa es porque los demás le impidieron triunfar porque temen que llegue a la Presidencia -donde por alguna extraña razón nada le impedirá lograr lo que promete.
El diagnóstico explicaba buena parte de las pataletas del líder tabasqueño, pero dejaba en sombras su curiosa y deliberada ceguera ante las quejas por la inseguridad pública. ¿Por qué en esa área nunca entendió los reclamos de la ciudadanía ni aceptó que había un serio problema de fondo? ¿A qué se debió que durante los cuatro años y siete meses que encabezó el gobierno capitalino, el problema del crimen no consiguió pasar de una torpe discusión sobre si las cifras oficiales eran confiables o estaban amañadas? ¿Por qué no logró entender que los videos difundidos estaban dirigidos contra la delincuencia y no contra sus aspiraciones presidenciales?
Mientras reflexionaba sobre estas preguntas, me di a la tarea de repasar el desempeño de López Obrador como jefe de gobierno y caí en cuenta que más o menos al concluir su segundo año, la palabra ‘percepción’ adquirió presencia obligada en su discurso sobre la seguridad. A partir de ahí el mensaje se cristalizó y pasó a ser siempre el mismo: la delincuencia había descendido y estaba muy baja -llegó a decir que era la menor en los últimos diez años-, pero la gente no lo percibía. A su juicio el verdadero problema era ese: algo bloqueaba la percepción de la población; algo le impedía ver, aceptar y entender que el problema de la criminalidad estaba resuelto y no tenía de qué quejarse.
Nadie es capaz de engañarlo a uno mejor que uno mismo y AMLO estaba decidido a dejarse engañar por sus propias mentiras. Nadie aplaudía más fervorosamente que él mismo cuando se oía decir que la delincuencia capitalina seguía bajando. Quienes lo negaban lo hacían por mala fe. Eran los medios, decididos a lucrar difundiendo tendenciosamente los crímenes extraordinarios; los grupos que buscaban poder exagerando la inseguridad y, sobre todo, eran sus enemigos, que no vacilaban en manipular el sentimiento popular para perjudicarlo en su carrera.
Por eso, porque el problema estaba resuelto y quienes lo negaban eran para él enemigos declarados, respondió de manera tan ruin a la gran marcha por la seguridad de hace un año diciendo que sólo era un desfile para presumir ropas nuevas. Y de nuevo y por lo mismo, se soltó declarando que su archienemigo, “El Innombrable”, estaba tras de la presentación de los videos. El crimen era asunto cerrado y aquí se lo estaba empleando como pretexto para golpearlo.
Descubrir que López Obrador no fue capaz de entender que tenía entre manos un severo problema delictivo, ni que la población se siente insegura -y es razonable que lo sienta- porque sus demandas de justicia no son atendidas y la Procuraduría y las policías de la ciudad le dan un pésimo servicio, me aclaró otros puntos oscuros de su desempeño. Entre otros aspectos, el que más me costaba entender era por qué si al rendir su protesta había dicho que “para combatir y disminuir la delincuencia no basta con la acción de los cuerpos policíacos, ni con la creación de más reclusorios, ni con el aumento en la severidad de las penas, ni con las amenazas de mano dura”, se dedicó con tanto empeño precisamente a eso y si algo distingue a su gobierno es su carácter represivo.
Al aceptarse que AMLO dio por resuelto el problema del crimen la explicación es fácil. Si las cárceles están al 168 por ciento de su capacidad; si se contrató a Giuliani a un costo vergonzoso y se hizo el teatro de pasearlo velozmente por el centro protegido por una nube de motociclistas, helicópteros y tiradores ocultos; si se reformó la ley para subir las penas y poder encarcelar franeleros, prostitutas y pequeños raterillos, fue por propósitos mediáticos. Lo importante era el show, enderezar lo que se creía era una percepción torcida, no atender un problema que se daba por resuelto. No se subió de 11 mil a 17 mil millones de pesos el presupuesto de los órganos de seguridad pública para combatir el crimen. Se lo hizo por propósitos políticos, para promover una carrera a la Presidencia -al parecer lo único que importa en ese juego-, y poder dejar en la jefatura de gobierno a un heredero que le cuide las espaldas.
En este rubro, el gobierno de López Obrador no pasó de la demagogia penal y, por eso, porque todo ha sido mero y vano espectáculo, las demandas de justicia presentadas por la población ante el ministerio público no se redujeron un ápice y de las 499.9 que hubo en promedio diario en el 2000, se llegó a 502.4 en el primer semestre de este año. Las cifras de los años intermedios son más altas y de ahí que el promedio final del tabasqueño sea de 525.9. ¿Cuál descenso si sus propias cifras dicen lo contrario?
Su ceguera, los videos, la gran marcha del año pasado y la falta de resultados, dieron al traste con las pretensiones de AMLO de cambiar la percepción sobre la seguridad pública mediante un show populista. La abrumadora mayoría de la población -el 57 por ciento conforme a la encuesta publicada ayer por nuestro diario-, afirma que el líder perredista no cumplió su promesa de abatir la inseguridad.
Debo añadir que nada de lo dicho hasta aquí ha de entenderse como un aval a los videos de México Unido contra la Delincuencia. Lejos de celebrarlos, me parecen decididamente criticables. No los objeto porque suponga que esconden un complot, sino porque hay en ellos un peligroso chantaje emocional. La rabia, la impotencia, el temor y la tristeza que suscitan son tan intensos y elementales que solo estimulan la venganza. Citándolos como prueba, varias personas me han preguntado por qué no se impone la pena de muerte.
Si se analizan los videos, se advertirá que la petición de quienes participan en ellos se reduce a exigir que se le dé un cheque en blanco a las autoridades para que hagan lo que sea necesario y resuelvan el problema delictivo a como dé lugar. Y no se trata de eso: en lugar de darle más poder al gobierno, la solución se encuentra en ceñirlo al que tiene y obligarlo a que haga lo que debe. En lugar de pensar en la pena de muerte o en multiplicar los reclusorios, tenemos que preguntarnos qué podemos hacer para atraer a quienes delinquen al curso de la civilización, cómo podemos dejar de construir una sociedad excluyente y crear una, incluyente, en la que todos podamos vivir.
Publicado en el periódico Reforma el sábado 30 de agosto de 2005.






