Las bandas
Rafael Ruiz Harrell
Las bandas delictivas son un grave peligro. Según declara la SSP tiene identificadas en una sola delegación, la Juárez, a catorce organizaciones criminales integradas por dos a siete personas y que se dedican sobre todo al robo de vehículos y al secuestro exprés. La estrategia para combatirlas es obvia: es necesario desmembrarlas y enviar a prisión a sus integrantes.
No hay en esto sorpresa alguna, pero al reflexionar un poco más sobre el asunto empiezan a surgir las dudas. Hay una, si requiere menor, que consigno de pasada. El artículo 252 del Código Penal en vigor en el DF dice: "Se entiende que hay pandilla, cuando el delito se comete en común por tres o más personas...". El artículo siguiente señala una pena de cuatro a ocho años de prisión y una multa de cien a mil días "al que forme parte de una asociación o banda de tres o más personas con el propósito de delinquir". Si hacen falta cuando menos tres ¿cómo es que los encargados de vigilar el cumplimiento de la ley descubren bandas formadas por sólo dos personas?
El problema de fondo se presenta en la estrategia: las bandas, todas las bandas, deben ser desmembradas. Muy bien, sólo que ¿a qué se deberá que con excepción de Cuba y Venezuela, en el resto de América Latina la estrategia sea exactamente la contraria y, en lugar de desmembrarlas, se trabaje con ellas, se establezcan alianzas y se las use -curiosamente-, para acabar con la delincuencia? Enviar a sus miembros a la cárcel, se dice, es el mayor error: lo que debe hacerse es convencerlos de que sirvan de vínculo para acceder a los sectores más marginados de la población y los ayuden. El propósito es hacer de ellos un instrumento de justicia social, un motor para promover el desarrollo, no unos reos más.
Tipos
Desde los sesentas del siglo pasado, a raíz de la publicación del libro de Richard Cloward y Lloyd Ohlin "Delincuencia y oportunidad", se admite que hay por lo menos tres tipos de bandas. Identifica a los tres que sus miembros tienen valores y normas que difieren en grados mayores o menores de los del resto de la comunidad. Los separan las opciones que hayan estado a su alcance, ya que en el universo delictivo las oportunidades para triunfar se distribuyen de manera tan inequitativa como los medios legítimos para alcanzar buen éxito en la sociedad usual.
Hay, así, grupos que fracasan incluso como delincuentes. Son grupos retraídos, que se dedican sobre todo al consumo de drogas; a convertir en religión ciertos tipos de música, como el "heavy rock", y que adoptan modas y peinados que declaran abiertamente su deseo de excluirse del resto de la sociedad, como los "punks". Las bandas retraídas son muy evidentes, pero muy poco peligrosas: en general prefieren el hambre y la pobreza a delinquir, a no ser por los graffiti con los que intentan dejar noticia de su existencia en muros y monumentos.
El segundo grupo importante es el de las bandas violentas. Sus miembros son, en general, hombres jóvenes a los que mueve una gran rabia por su fracaso laboral y educativo. Como son inestables y conflictivos, las bandas que forman no llegan a integrarse de manera duradera. No obstante, mientras existen son muy peligrosas y no porque les interese propiamente delinquir, sino porque el afán que las mueve es fundamentalmente violento y destructivo. Lo que buscan, de alguna manera, es venganza por todo lo que sienten que les negaron.
El tercero y último grupo está formado por las bandas dedicadas a obtener ganancias por medios ilegales. Estas son las únicas que pueden justificadamente califiarse de criminales, pero debe destacarse que su repertorio delictivo está formado básicamente por delitos que les resulten redituables. Podrán dedicarse a manejar prostitutas, a robar autos o casas o a traficar con drogas de uso ilícito, pero el homicidio o las lesiones no son para ellos un fin en sí, sino apenas medios a los que acuden para poder realizar los crímenes que sí les interesan.
Las bandas criminales son las más duraderas. Sus miembros son los que acceden con más frecuencia al crimen organizado y los que tienen las carreras delictivas más prolongadas. Distingue a estas pandillas un hecho importante: sólo llegan a florecer cuando hay autoridades corruptas, sobre todo de carácter policial, que les den protección.
La respuesta
Lo primero que debe advertirse es que la cárcel no sirve para controlar a las bandas. A los "retraídos" los confirma en su fracaso y les cierra todavía más las puertas para integrarse al resto de la sociedad. A los "violentos" les ahonda su deseo de venganza y termina por dirigirlos hacia las bandas criminales, donde su patología encontrará pretextos para mayores violencias. Para los "criminales" la estadía en la cárcel es un certificado -a menudo necesario para seguir en su carrera-, de que puede confiarse en ellos para delitos mayores. Es claro que ninguno llegará a "rehabilitarse".
Como resulta evidente el control de las bandas requiere de otro tipo de estrategias. El primer paso frente a las propiamente criminales es revisar a los cuerpos policiacos: nada de lo que se haga frente a ese tipo de organizaciones tendrá utilidad alguna mientras haya autoridades que les vendan protección. Así como no tiene sentido alguno operar a un enfermo con instrumentos infectados, no tiene caso pretender controlar las bandas criminales con policías o agentes del MP corruptos. Lo primero que debe hacer la SSP es depurar a la SSP.
En centro y sur América, la estrategia frente a las bandas de los dos primeros tipos es convencer a sus miembros de que ayuden al gobierno y le digan cómo beneficiar a sus comunidades. Se trata de hacer de ellos agentes del cambio, que le consigan a la gente agua potable, luz eléctrica, banquetas o campos deportivos. Se trata de tareas inmediatas, de corto plazo, que les den un sentido de su liderazgo y les ganen el respeto de la comunidad. Esta estrategia es más difícil, claro, pero es la única que consigue incorporar a los miembros de las bandas al resto de la sociedad.
Publicado el 3 de Octubre de 2005 en el periódico “Reforma”.






