La maldición de la criminalidad
Luis de la Barreda Solórzano
El Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad, A. C. (ICESI) —cuya Asamblea de Asociados está integrada por la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, el Consejo Coordinador Empresarial, la Confederación Patronal de la República Mexicana y la Fundación Este país— llevó a cabo la Tercera Encuesta Nacional sobre Inseguridad (ENSI-3), con el objetivo de recabar información periódica sobre la magnitud de la criminalidad en el país, la cifra negra (delitos no registrados en la estadística oficial), las experiencias de las víctimas de la delincuencia y la percepción acerca de la inseguridad. El cuestionario y la metodología fueron diseñados con apego a los más estrictos estándares internacionales y a las recomendaciones de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD). El levantamiento estuvo a cargo del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI). La magnitud y la profundidad de la encuesta, que tuvo una muestra de 66,000 cuestionarios y cuyo período de referencia es el año 2004, no tiene precedente en México ni en el resto de América Latina. En Estados Unidos y diversos países europeos, esta clase de estudios sirven para el diseño de políticas criminológicas. El ICESI aspira a que entre nosotros las encuestas victimológicas también cumplan esa función. La ENSI-3 tiene representatividad a nivel nacional, por entidad federativa y respecto de 13 áreas metropolitanas. El miércoles pasado se ofrecieron datos a escala nacional y cuadros comparativos entre entidades. En breve se darán los resultados correspondientes a las metrópolis.
La ENSI-3 revela que en nuestro país la tasa de delitos por 100,000 habitantes —que ha aumentado ligeramente entre 2000 y 2004— es de 11,000, considerablemente por debajo de las más altas del mundo pero más elevada que la de los países con un razonable grado de seguridad pública, tales como casi todos los miembros de la Unión Europea o Australia, Canadá y Chile.
El mayor porcentaje de viviendas con víctimas, tres de cada 10, se encuentra en el Distrito Federal. Baja California y el Distrito Federal son las entidades con mayor incidencia delictiva, con 20,720 y 19,663 delitos respectivamente, seguidas por Quintana Roo con 16,364 y el Estado de México con 16,147, siempre por cada 100,000 habitantes. Tan sólo esas cuatro entidades concentran el 23% de la incidencia delictiva del país. Chiapas es la entidad de más baja incidencia con menos de dos mil delitos por cada 100,000 habitantes. Baja California y el Distrito Federal tienen el mayor porcentaje de víctimas: dos de cada 10 personas.
De los agraviados por la delincuencia, 27% sufrieron dos o más delitos. En ellos se concentra más de la mitad de la criminalidad. Las multivíctimas son en su mayoría hombres, obreros, empleados o trabajadores independientes, lo que echa abajo la creencia de que la delincuencia afecta principalmente a los sectores sociales privilegiados.
Del total de víctimas, sólo 23% acudieron al Ministerio Público. Sin embargo, 88% de los delitos —ésta es la cifra negra de la criminalidad en México— no quedan registrados en la estadística oficial. 61% de quienes no denuncian el delito aducen como motivos que denunciar es pérdida de tiempo (35%), su desconfianza en la autoridad (18%) o que los trámites son largos y difíciles (8%). De las averiguaciones previas iniciadas, en 49% no sucedió nada y 26% se encontraban en trámite.
Más de siete de cada 10 delitos son cometidos por personas de entre 19 y 35 años. En 40% de los delitos, el delincuente iba armado. De los delincuentes armados, 58% portaban pistola y 36% arma blanca. En 31% de esos casos, el delincuente agredió con el arma a su víctima. 92 de cada 100 delitos son cometidos exclusivamente por hombres.
El robo abarca 73% de la incidencia delictiva. De cada 10 robos, cuatro son con violencia a transeúnte, cifra que asciende a seis en el Estado de México y en el Distrito Federal. En tres cuartas partes de los robos, el ladrón va armado. En seis de cada 10 de estos casos el arma es de fuego. En tres de cada 10 robos a mano armada, el ladrón agrede físicamente a su víctima. El interés de las víctimas en denunciar el robo es directamente proporcional al valor del bien robado. Sólo 13 de cada 100 agraviados recuperaron el objeto robado.
10 de cada 100 personas sufrieron agresión física. Cuatro de ellas son mujeres. Seis de cada 10 agresiones ocurren en la calle. En la mayoría de los casos, el delincuente va armado. De cada 10 agresiones, cinco se cometen con arma de fuego y tres con arma blanca. El 70% de las agresiones son perpetradas por menores de 36 años. En casi todos los ámbitos, los agredidos son principalmente hombres pero, en contraste, en el doméstico ocho de cada 10 ofendidos son mujeres.
De cada 10 ofensas sexuales, casi seis son exhibicionismo o tocamiento abusivo, y siete se cometen en casa de la víctima. Nueve de cada 10 agraviados son mujeres.
Más de la mitad de la población se siente insegura en el transporte público y en la calle, y casi la mitad en las carreteras y los mercados. Sólo en 2004, poco más de la cuarta parte de la población modificó ciertos hábitos o dejó de realizar algunas actividades por temor a la inseguridad. Por el mismo motivo, cuatro de cada 10 personas han dejado de salir con joyas, tres de cada 10 no portan tarjetas de crédito, y una de cada cuatro no trae consigo dinero, no toma taxis y no visita parientes. Ocho de cada 10 personas aseguran que su vida se ha visto afectada por la inseguridad. Más de la mitad de la población se siente insegura en el lugar donde vive. 86% de los capitalinos, 71% de los mexiquenses y 62% de los habitantes de Baja California comparten tal percepción. En contraste, en Colima sólo se sienten inseguros 19% de los pobladores. Siete de cada 10 personas tienen poca o ninguna confianza en las autoridades policíacas.
Sólo contando con un diagnóstico preciso del problema delictivo, como el que aquí se presenta, es posible diseñar las estrategias, los programas y, en suma, la política criminológica a seguir. En nuestro país no se ha formulado un programa integral en la materia. El ICESI se propone presentar una propuesta al respecto el próximo año. El sociólogo Gabriel de Tarde, fundador de la escuela francesa de criminología, apuntó que el crimen acompaña a la humanidad como a las personas sus sombras correspondientes. Seguramente no podremos hacerlo desaparecer. Pero la delincuencia desbordada no es una maldición bíblica fatal. No podemos darnos por vencidos en la lid por arrinconarla, abatirla, reducirla a su mínima expresión posible. Nos jugamos la viabilidad de la convivencia civilizada.
Artículo publicado en opinión de La Crónica de Hoy el día 28 de octubre de 2005.






