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La Ciudad y el Crimen

Por Rafael Ruiz Harrell

Toda ciudad está viva. Es un organismo vivo. Sus callejones, edificios, monumentos, plazas y avenidas no son su verdadero rostro ni siquiera su apariencia, sino apenas su esqueleto. De las ciudades antiguas y muertas, sea Teotihuacan, Uxmal, Machu Pichu o Barabudur, vemos sólo sus huesos, las vértebras descarnadas del mamut o el saurio, pero no al animal brillante y rápido, amoroso y cruel, sigiloso y oscuro, que es toda ciudad humana.

En cierto sentido, la ciudad es su gente -digo toda su gente-, pero a la vez es otra cosa. Y me repito insistiendo que es toda su gente porque son inevitables el tropezón y el guiño, y más en una ciudad como la nuestra, donde se descubren pirámides escondidas debajo de las fuentes, árboles que eran ya adultos cuando atestiguaron la conquista y umbrales de patios que fueron de conventos por los cuales quizá, alguna vez, pasó Sor Juana aquella tarde que iba chupando una nieve de grosella.

Pero, viendo con cuidado, resulta que la ciudad es algo más que la suma de su gente y es, más bien, el resultado de un complejo rejuego en donde ella le impone a quienes la habitan una manera de ser y de hacer y ellos, a su vez, hacen otro tanto con ella. Sí: las ciudades cambian. Muestran claras cicatrices de sus mudanzas, roturas por los desdenes que luego les hace su propia gente y barrios completos llenos de esas casas de cartón que siempre deja la premura. Pero también sigue conservando recuerdos y secretos, rincones oscuros y ecos de gritos desleídos. Y con todo eso y sus transformaciones, así como recibió, obliga a sus habitantes a conservar prácticas que ya no tienen razón de ser, a mantener tradiciones que nadie se explica y en ocasiones a mudar por entero hábitos, creencias y costumbres.

Tal vez no sea excesivo afirmar que las ciudades son proclives a las regularidades y acomodan sus calles y sus huesos para que lo que ocurrió una vez, vuelva a repetirse. El crimen es, en esto, uno de sus elementos consentidos porque mudan las generaciones, llegan nuevos inmigrantes, cambian las calles, se instala la luz eléctrica y se modernizan los medios de transporte, pero el barrio que era de ladrones décadas y aun siglos atrás sigue siendo de ladrones. Cambian en esto las cosas tan poco que puede predecirse que en la esquina en que hubo hoy un homicidio debe antes haber habido otros y en los años por venir inevitablemente habrá otros más.

Las ciudades son en esto inocentemente irresponsables. Ven llenarse de putas una calle, una esquina, un parque, y aunque salgan y entren funcionarios hinchados de energía y de promesas, las putas seguirán ahí, noche tras noche, lluvia tras lluvia e invierno tras invierno. Lo mismo con el crimen: una vez que encuentra su centro, casi siempre en la zona que todo mundo reconoce como el centro comercial, histórico y financiero, lo seguirá siendo por los tiempos de los tiempos.

Ya en tiempos de la colonia y al caer la noche, los alguaciles se negaban a entrar a los callejones, zanjas y callejuelas que había atrás del Palacio Virreynal. Se mencionaban también como área de cuidado la vecindad del Salto del Agua, sobre todo las barracas de comercios irregulares y los burdeles de la calle de Meabe. Al constituirse la Sala del Crimen a fines del siglo XVII -antecedente de lo que hoy jocosamente llamamos Procuraduría de Justicia-, los reportes reiteran lo peligroso de ambas zonas y añaden una más: Tepito.

De las costumbres criminales de aquellos tiempos sólo una ha desaparecido por completo: hoy resulta imposible amarrar sacos con piedras a los cadáveres de los asesinados y tirarlos al viejo canal de la Viga. Lo demás, así la ciudad haya extendido su mancha urbana de Cuautilán a Xochimilco, sigue igual: de las diez colonias que registran en la capital la criminalidad más alta sólo una, la Agrícola-Oriental de Iztacalco, no se encuentra comprendida por el perímetro que tuvo durante siglos la Ciudad de los Palacios.

La confirmación de que toda urbe tiene un centro del cual irradia la delincuencia, disminuyendo en vigor y en frecuencia kilómetro a kilómetro, es mucho más tardía y se debe a la paciencia y al talento de uno de los “Chicago boys” originales, Clifford R. Shaw, que a principios de la década de los veintes del siglo pasado, dirigió un complejo estudio sobre cómo se distribuía la delincuencia en la ciudad de los grandes gángsters: Chicago.

Con paciencia asombrosa, Shaw y su equipo reunieron todas las actas policíacas y judiciales disponibles entre 1921 y 1928 y trazaron complejos mapas señalando dónde vivía cada delincuente y dónde había cometido su delito. En casi todos los casos las dos direcciones eran cercanas y las unían vías de comunicación evidentes, o sea que la ciudad decidía dónde y cómo. El descubrimiento importante, refrendado al repetir el estudio una década después, no fue que Chicago tuviera un centro delictivo, sino que ese punto central permanecía fijo aunque los ladrones originales prosperaran y se mudaran a otros barrios. Y continuaba inmóvil porque los nuevos inquilinos mantenían vivas las costumbres delictivas de sus antecesores y actuaban en los mismos escenarios.

Se diría que la zona era la propiamente criminógena, y los seres humanos que llevaban al cabo el crimen eran tan solo sus instrumentos. Alargo la idea: los elementos que emplea la ciudad para delinquir somos nosotros. Creemos que al habitarla y recorrerla usamos a la ciudad y somos sus poseedores, pero ella también tiene secretos mecanismos para adueñarse de nosotros y usarnos para reírse o protestar, construir o destruir algo, llorar alguna ausencia, o simplemente para bailar de contento. El hecho es inevitable: al irla habitando también ella nos habita.

Lo del centro delictivo tiene también su historia. Hasta donde se sabe, Clifford Shaw nunca vino a nuestra capital, pero sí lo hizo uno de sus discípulos, Norman S. Hayner, que entre fines de 1945 y principios de 1946 se dio a la tarea de ver si las reglas descubiertas en Chicago se aplicaban también aquí. En ese entonces la Ciudad de México era muy chiquita: a duras penas comprendía las que luego serían las delegaciones Cuauhtémoc, Juárez, Hidalgo y Carranza. Entre “la capital” y Tacubaya había interminables maizales y no se diga entre ella y Coyoacán o Xochimilco: visitarlas eran excursiones que implicaban viajar en tren de vapor y requerían cuando menos de un día.

Hayner dejó de lado la periferia, mas sin dejar de señalar que Coyoacán ya empezaba a tener también sus delitos, y descubrió lo que habían advertido a ojo desnudo los alguaciles de la colonia: la delincuencia se concentraba en cuatro de los dieciséis cuarteles en que estaba dividida la ciudad. Quien lea el artículo que publicó en 1946 con el título de “Las zonas criminógenas de la Ciudad de México” en la American Sociological Review, no podrá dejar de notar que esos cuatro cuarteles corresponden a lo que en 1970, cuando el DF y la Ciudad de México pasaron a ser un solo ente jurídico, empezó a ser la delegación Cuauhtémoc.

No menciono a la Cuauhtémoc por descuido: el año pasado, 2004, siguió siendo, como lo ha sido desde siempre, la capital del crimen en la capital. El DF en su totalidad registró mil 888 delitos por cada cien mil habitantes, pero la delegación Cuauhtémoc no se contentó con menos de 4 mil 629. Conforme se aleja uno del centro, la delincuencia empieza a disminuir: en la delegación Benito Juárez, todavía está a 4 mil 305 crímenes por cada cien mil personas y en la Hidalgo a 3 mil 335, pero en la Azcapotzalco registra 2 mil 244 y en la Gustavo A. Madero, mil 591. Xochimilco tiene apenas mil 107, Cuajimalpa 760 y Milpa Alta, la zona más distante, nada más 745 por cada cien mil.

Si se traza una gráfica que vaya señalando el monto de la delincuencia conforme más kilómetros la separan del centro, se tendrá una línea que baja ligeramente en las cuatro delegaciones que comprendían la Ciudad de México original, pero después se reduce rápidamente y casi sin alteraciones hasta llegar a Milpa Alta. Sólo hay un extraño pico que descompone la suavidad de la curva: es Coyoacán, que con mil 917 crímenes por cada cien mil personas en 2004, sigue teniendo una delincuencia mayor que la esperable dada la distancia que la separa del zócalo. ¡Qué remedio, cosas de la historia!

Para comprobar si el fenómeno seguía teniendo el mismo origen, aunque se trate de una ciudad más vasta y poblada que la Chicago de los veintes, en 2003 recabé los domicilios de 766 ladrones, precisando también los lugares donde efectuaron sus fechorías. Sólo consideré los que robaron autos estacionados, casas habitación y negocios, ya que en los demás casos, como en el robo a transeúnte o en el robo a camión repartidor, el delito no ocurre en un punto fijo que permita realizar la medición que se requiere. Poco después tuve acceso a mapas detallados del DF y me fue posible calcular con precisión la distancia entre el domicilio del delincuente y el lugar del delito.

Los resultados coinciden con los de todos los estudios previos: 36.8 por ciento de los ladrones señalados cometen sus robos entre 250 y 500 metros de donde viven. A un kilómetro de distancia actúa el 61.8. A kilómetro y medio el 74.8 por ciento y a dos kilómetros el 81.2. Los hay que “trabajan” hasta once kilómetros de donde viven, pero el promedio es de un kilómetro y medio.

Los tres grupos muestran distancias más o menos semejantes. Sólo en un caso hay una diferencia apreciable: los ladrones que roban autos no lo hacen sino en un área que dista cuando menos 500 metros de su hogar, quizá para darse cierto margen de seguridad y poder usar el auto robado cerca de su casa. Los ladrones de los otros dos tipos considerados, no toman tales precauciones.

Todo esto confirmaba lo que ya sabíamos, pero a la vez acentuaba las mismas dudas: ¿Qué hay en las zonas donde surge el crimen? ¿Qué sombras o rencores junta ahí la ciudad? ¿Por qué hay cuadras y cuadras en las que no pasa nada y de pronto, en el cruce de dos calles, en el recodo de otra o en el fondo de un parque o de un baldío, le da al crimen por repetirse una vez y otra? El punto central es este: ¿por qué ahí siempre?

Hay respuestas generales y “perfiles georeferenciados”, nombre de domingo con que se designa a los mapitas detallados de los focos rojos de la delincuencia, o sea de los lugares donde se repite. Para tener alguna idea de lo que pasa casi siempre es necesario contar con los dos. Las respuestas generales son imprescindibles para entender la situación macro, la de bulto, y saber qué esperar. Los perfiles sirven de microscopio y revelan qué hacer, digo, en el caso imaginario de que alguna de nuestras autoridades se acomidiera a hacer algo.

Empiezo por algo que a primera vista se antoja totalmente inútil: los lugares donde la delincuencia es mayor en proporción a los habitantes son, también, los que producen más kilos de basura al año por cabeza. Conste que no digo que la basura sea la que produce el crimen porque si así fuera bastaría cambiar las patrullas por carros de basura y asunto resuelto. No. Lo que digo es que en los lugares donde la ciudad produce más delincuencia, produce también más basura. Se trata de dos fenómenos independientes que corren paralelos y nos dan una pista: donde hay más basura es donde transita más gente, o sea donde hay más comercio, más mercados, más restaurantes, más bares. Y lo mismo sucede con los crímenes: son más frecuentes donde hay más gente de paso, más transacciones mercantiles, más dinero cambiando de mano. Sobre todo, claro, los robos, los fraudes, los abusos de confianza.

Adviértase que no se trata simplemente de que haya más gente. Si así fuera no habría zona más peligrosa en el DF que la delegación de Iztapalapa, con casi un millón novecientos mil habitantes. Y, sin embargo, es relativamente tranquila: su tasa delictiva es 30 por ciento más baja que la media de toda la ciudad. Y no se trata tampoco de pobreza: Milpa Alta y Cuajimalpa tienen las menores tasas y son las delegaciones más pobres. La respuesta es curiosa: lo que excita al crimen es el roce, las diferencias, las inequidades. Donde todos son más o menos iguales, sean pobres, clasemedieros o ricos, la delincuencia es muy baja, pero en cambio florece con las disparidades. Una ciudad perdida junto a un moderno centro comercial da origen a toda clase de estadísticas.

Con todo, no se trata simplemente de que haya más intercambios, más desniveles o más gente transitando. También importa qué gente sea la que está haciendo esas cosas. Hay casos en los cuales el motivo y el resultado se denuncian uno a otro. Un ejemplo: en la Miguel Hidalgo es donde hay, en proporción, más mujeres asesinadas que en ninguna otra delegación del DF -el promedio de toda la capital es de 1.4 por cien mil personas; en la Hidalgo llega a 3.4-, pero también es donde hay más mujeres entre los 18 y los 24 años de edad: 124 por cada cien hombres en esas edades, frente a un promedio de 108 en todo el DF.

Hay otros casos ligeramente más complejos. Vaya la adivinanza: si se considera todo el Distrito Federal resulta que de cada cinco chilangos uno vive en un edificio de departamentos, el 22.4 por ciento. Pero en la delegación Cuauhtémoc la proporción sube al 64.1 y en la Juárez a 56.4. ¿Cuál de las dos tendrá más delitos por persona? La respuesta es fácil porque hace varias líneas soplé el resultado: la Cuauh. Y me dirán: ¿y qué tiene que ver que la gente viva en departamentos con la delincuencia? ¿O todo se debe a que son más y están más apretados?

Para entretenimiento general, el acertijo es un poco más complicado. Aquí debo decir que la asociación entre la criminalidad y los edificios de departamentos es vieja conocida. Un cuidadoso estudio realizado entre 1987 y 1990 en todas las ciudades de Francia, confirmó precisamente lo que vengo diciendo, pero además reveló que la delin­cuencia por habitante aumentaba de manera desmedida cuando los edificios tenían más de seis pisos. Preveo una posible reacción: la risa. Y lo digo porque siempre que doy este dato en alguna conferencia, la gente se ríe, pensando quizá que ya no sé ni lo que digo. Sólo que no es así: lo de los seis pisos me pareció un misterio que merecía aclaración y hace poco menos de diez años decidí investigar si en nuestra ciudad pasaba algo semejante.

Al iniciar mi estudio ya tenía la visión macro. Sabía que es mayor la delincuencia donde mayor es la proporción de personas que vive en departamentos. Me hacía falta, entonces, entrar al detalle y ver si donde los edificios de departamentos tenían más de seis pisos la criminalidad era todavía más alta. Abrevio una larga historia de idas, vueltas y fracasos: no pude encontrar nada con relación a los seis dichosos pisos, pero en cambio descubrí que si el número de departamentos de la unidad habitacional era superior a sesenta -el número de pisos era irrelevante-, la delincuencia se iba al cielo. Completó mi descubrimiento otro hallazgo importante: el problema era todavía más grave si el conjunto en cuestión estaba bajo el régimen de condominio y tenía veinte años o más de haber sido inaugurado.

Descifro el acertijo. Los seis pisos de Francia y los sesenta departamentos de nuestro DF plantean la misma dificultad: la unidad habitacional es tan grande que impide que los dueños, o sea los condóminos, participen de su administración. Surge así una triste y frustrante circunstancia. Los condóminos son legalmente dueños de un bien. Su adquisición les costó duros sacrificios, pero no pueden administrarlo y, en muchos casos, tienen que asistir a su devaluación y deterioro -los muros pinta­rrajeados con aerosol; los cubos de las escaleras llenos de basura; los jardines abandonados y destruidos-, sin que les sea posible hacer algo para evitarlo. En otros acaban pagando gastos de mantenimiento muy superiores a lo que pagaron para adquirir el inmueble. En ambos casos una administración distante y ajena, sobre la que no pueden influir, es la que en verdad decide sobre el bien de su propiedad. La frustración de sentir que no son del todo dueños de lo que compraron y sentirse explotados tiene varias consecuencias. Una de ellas es la delincuencia.

Aclaro otro aspecto del problema: la criminalidad aumenta cuando los hijos de los compradores originales llegan a la edad delictiva por excelencia, o sea cuando están entre los veinte y los veinticuatro años. La edad es importante sólo por una razón: sus padres ya no los controlan y todavía no fundan una familia propia que los obligue a sentar cabeza. Lo digo a sabiendas de que el matrimonio es el remedio más eficaz contra el crimen: donde es mayor la proporción de jóvenes solteros invariablemente hay más delincuencia.

En los grandes conjuntos habitacionales confluyen todas estas circunstancias y en consecuencia, la criminalidad se dispara, a menudo acicateada por las bandas y patrocinada por el narcomenudeo. La regla es la misma de los casos previos: la ciudad responde a las molestias que se le imponen favoreciendo el establecimiento de patrones delictivos.

Buena parte de la esperanza contra el crimen surge de esta necedad por la reiteración. Repito algo que dije antes de otra manera: los patrones son constantes. Y lo son en el tiempo y en el espacio. Desde 1942, primer año del que tenemos noticias detalladas del DF, marzo y octubre son los meses en que se registran más delitos y diciembre y enero los más tranquilos. El homicidio doloso y la violación son las salvedades: diciembre es su mes consentido y no hay ningún otro -desde entonces-, que lo supere en cifras.

Lo mismo sucede si se consideran los días de la semana. De lunes a viernes los robos, los daños en propiedad ajena, los secuestros y los fraudes son más o menos altos, pero el sábado decrecen y todavía más los domingos. Con las lesiones dolosas y el homicidio intencional sucede a la inversa: es en sábado y sobre todo en domingo cuando hacen de las suyas. Las violaciones son intermedias: es en viernes y en sábado cuando florecen.

Y lo curioso es que todos tienen décadas y quizá siglos de obedecer la misma ruta. Y más curioso todavía es que la ciudad es quien la impone. En Querétaro o en Xalapa, en Monterrey o Villahermosa, los delitos siguen otros derroteros, pero al igual que aquí los cumplen puntualmente año con año.

Estas constantes, estas regularidades, llevaron a los primeros criminólogos a creer que la criminología podía aspirar a convertirse en ciencia. Hablo sobre todo de Michel de Guerry y de Adolphe Quetelet, que en 1832 y 1833 respectivamente, analizaron las primeras estadísticas criminales publicadas en el mundo. Eran las de Francia y, sorprendidos, pensaron que también podrían descubrirse leyes sobre las acciones criminales que tuvieran el mismo rigor que las leyes sobre el movimiento de los astros.

Hoy, diecisiete décadas más tarde, no hemos logrado todavía abrir la nuez que nos permita hablar de leyes, pero sabemos -esto sí-, que el crimen comparte tantos aspectos con el ritual y la ceremonia que es posible entenderlo como una rutina. Lawrence Cohen y Marcus Nelson en un artículo publicado en 1979 en la misma revista en la que Hayner dio a conocer sus descubrimientos sobre la distribución de la delincuencia en nuestra ciudad, precisaron algo que una vez conocido resulta tanto o más evidente que el histórico huevo de Colón. Para que llegue a ocurrir un crimen son necesarios cuando menos tres factores: 1) Que haya alguien dispuesto a cometerlo, 2) Que haya una persona o un bien sobre los que pueda actuarse y 3) Que no haya nadie para evitarlo.

Se dirá que esto no pasa de ser una bobada, pero señala las líneas maestras de una estrategia para evitar los crímenes e impedir que ocurran que está, al menos hasta ahora, muy distante de la capacidad de comprensión de nuestras autoridades. Porque -esto es curioso-, agarran pleito en contra de la ciudad en vez de trabajar con ella. En lugar de aceptar que hay maneras para prevenir la delincuencia y evitarla, se dedican a esperar que alguien robe o mate, viole o secuestre, lesione o engañe antes de actuar.

Es obvio que en un sentido estricto es imposible prever un crimen. ¿Quién puede adivinar que ese domingo Juan Domínguez y Arnulfo Sánchez se iban a emborrachar y uno de ellos acabaría matando al otro? ¿O que Pedro Vázquez asaltaría en una esquina de la Avenida de los Cien Metros a Marisela Gómez, le quitaría su quincena y la dejaría mal herida? No: sería imposible adelantar nada de esto si no fuera porque la ciudad -también aquí desinteresada e inocente-, nos da todas las pistas necesarias para descubrir los lugares en que se repiten el ritual y la rutina.

Antes de Pedro Vázquez estuvo ahí, en esa misma esquina y haciendo lo mismo, Roberto Pérez. Y antes de él, y también para lo mismo, Jorge Martínez, o cualquier otro que descubrió que por ahí pasaban víctimas propiciatorias y no había nadie dispuesto a protegerlas o auxiliarlas. Prevenir no es consultar a una bola de cristal para saber qué va a pasar, sino tener los datos que permitan descubrir las rutas que el crimen obedece tan puntualmente para poder romperlas. Prevenir es cortar un collar delictivo, no decirle a la gente que instale nuevas chapas y mire hacia atrás antes de entrar a su casa. Es oír a la ciudad, es entender qué nos está diciendo y ayudarla a liberarse de esta basura, de esas sombras, de esas crueles, necias y reiteradas historias. Combatir eficazmente al crimen es ayudar a cambiar a la ciudad.

Ponerse a jugar a policías y ladrones a escala natural deja poder y dinero. Exige de presupuesto, de nuevas patrullas, de más armas, de más hombres, de leyes más estrictas, de más cárceles. Tal vez incluso sea más divertido, pero tiene el defecto de que no sirve de nada. Cuando se actúa después del crimen, todo es de lamentarse, se atrape o no al delincuente, porque el mal ya sucedió, Marisela ya está herida y Juan o Arnulfo, los dos o alguno de ellos, ya perdió la vida. Y encerrar a quienes hicieron tales cosas, deja intacto el ritual, no cambia el destino de la zona, no evita el crimen de mañana.

Sí: las ciudades están vivas. Nuestra capital está viva. Pero si queremos que esté limpia de crímenes y basura tenemos que oírla y entenderla, escuchar lo que tiene siglos de estarnos diciendo y reclamando. Sea inocente e inconsciente, ninguna ciudad hace gratuitamente lo que hace. Si favorece el crimen es porque la estamos tratando mal y de esa manera nos reclama que no la queramos un poquito más. Cuando menos lo suficiente.

 

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