El complot de las víctimas
Luis de la Barreda Solórzano
Uno de los recuerdos de mi ya lejana época estudiantil en la Prepa Uno y en la Facultad de Derecho de la UNAM es el de los compañeros de los grupos políticos de izquierda que, ante cualquier señalamiento desfavorable a lo que sucedía en los llamados regímenes socialistas, respondían invariablemente que se trataba de patrañas y críticas provenientes del imperialismo yanqui, de publicaciones afines a éste como la revista Selecciones del Reader’s Digest o de la derecha y la burguesía que por conservar sus ilegítimos privilegios ponían todos sus afanes en desprestigiar a los sistemas de gobierno en los que de verdad se estaba erigiendo un modelo de sociedad en la que prevalecerían los intereses populares. El análisis racional, el examen objetivo, el diálogo abierto eran imposibles porque los críticos no eran sino pinches reaccionarios de mierda que no comulgaban con los altos e indiscutibles ideales de la revolución.
Yo mismo —al recordarlo siento una vergüenza que me cala hasta los huesos— llegué a incurrir en esa actitud derogatoria. Nunca olvidaré cuando nuestra guapa, capaz y simpática profesora de Derecho Romano, la doctora Beatriz Bernal, que había peleado en la Sierra Maestra con el comandante Fidel Castro, nos exponía las razones por las cuales poco después del triunfo de la revolución ella salió de su país huyendo de la nueva dictadura allí instaurada. Sus alumnos la increpamos, la llamamos contrarrevolucionaria... ¡a ella que había luchado por la revolución jugándose la vida! La doctora Bernal hubiera tenido toda la razón para echarnos de clase, pero optó por intentar darnos sus argumentos sin dejar de sonreír ante nuestra obscena patanería. No obstante, en vez de escucharla, la condenamos inapelablemente. Y nos sentíamos orgullosos. Éramos la conciencia del estudiantado.
No se podía ser más imbécil, si bien algunos lo éramos —creo, o quiero creer— cándidamente, imbuidos de la apasionada ilusión de un mundo menos injusto, mientras que otros proclamaban su fe revolucionaria porque era lo que estaba de moda, porque creían que la revolución los sacaría de su perenne mediocridad o los ayudaría a soslayar su mediocridad y sus mezquindades, porque querían vengarse de lo mal que los trataba la vida o porque tenían alma de comisarios. Cuando los tanques soviéticos terminaron con la primavera de Praga o cuando dispusimos de evidencias inequívocas y abrumadoras de que en los paraísos socialistas se habían abolido todas las libertades democráticas y muchas libertades íntimas, se encarcelaba o se fusilaba a los disidentes y se recluía en campos de concentración a los homosexuales, sólo los revolucionarios no cándidos siguieron simpatizando con esos regímenes de izquierda autoritaria. “Cuanto más fatigado de vivir se está, cuanto más inútil se es para todo lo que sea invención y no repetición, con peores modos se reclamará el absoluto de la Revolución”, dice Savater.
Esos peores modos incluyen la derogación fulminante de todo el que señala que algo anda mal en el camino hacia la tierra prometida. Cuando la descalificación no es de un creyente ideológico cualquiera sino del gobernante de la capital del país y aspirante a la Presidencia de la República que ha prometido la Arcadia y atribuye la crítica a un complot contra él, su equipo o su proyecto, hay motivos para inquietarnos. Si se apunta que algo está mal, automáticamente se pasa al bando de los complotistas, de aquellos que son movidos por los hilos que manejan personajes innombrables o intereses inconfesables que en realidad persiguen el maligno objetivo de destruir u obstaculizar la senda que alumbra el rayo de la esperanza.
Todos sufrimos la inseguridad que se ha apoderado de buena parte del país. El secuestro es una de sus manifestaciones más crueles, probablemente la que más zozobra provoca y una de las que más daño causa. Aun en los casos en que el agraviado no es asesinado ni mutilado y se logra su libertad, el daño psíquico que el secuestro inflige —a él y a quienes lo quieren— suele ser devastador y perdurable. Salvo los secuestradores —entre los cuales hay policías—, todos queremos que ese delito —así como la criminalidad en su conjunto— se abata. Exigirlo a las autoridades no es ninguna desmesura sino, apenas, recordarles su obligación primigenia, la de proporcionar seguridad pública a los gobernados. Atribuir esa exigencia a una confabulación contra su gobierno o contra sus aspiraciones a ser el próximo presidente, como lo ha hecho Andrés Manuel López Obrador, no es sólo una actitud autoritaria, grotesca y paranoica. Es verdad que siempre que se han exhibido miserias de su gobierno, de sus adeptos o de sus operadores políticos, o cada vez que se han formulado juicios adversos a su actuación, López Obrador ha reaccionado pavlovianamente atribuyendo la manifestación de descontento a conspiraciones. Pero esta vez, al asegurar que el clamor contra la inseguridad es otro complot, el tabasqueño se excedió más de lo que es habitual en él. María Elena Morera, presidenta de México unido contra la delincuencia, organización que promueve los spots que irritaron al jefe de Gobierno del Distrito Federal, calificó acertadamente la actitud de éste en la carta abierta que le ha dirigido: “Usted toma a burla a las víctimas de la delincuencia”.
Publicado en opinión de La Crónica de Hoy el día 22 de julio de 2005.






