Violencia Social y Vulnerabilidad Juvenil
René Jiménez Ornelas[i]
En todo momento y lugar la violencia se puede hacer presente. Es innegable y muy desconcertante el incremento de la violencia en nuestros días, las actividades cotidianas están permeadas de preocupación: robos, peleas, asaltos bancarios, asesinatos, secuestros, todo lo que atenta contra la seguridad y la vida. Escenario de entrada nada optimista, pero que a la vez se ha convertido en el motor que impulsa y convoca a su análisis y estudio, de esta manera los temas de violencia, el estudio de la víctima y la delincuencia, se vuelven fundamentales para la comprensión del fenómeno, adquiriendo hoy una gran relevancia.
La violencia es, cada vez más, un fenómeno social que afecta a los gobiernos y poblaciones, tanto global como localmente, en público o en privado. Su concepto está en constante mutación, una vez que varias actitudes y comportamientos pasaran a ser considerados como formas de violencia, así encontramos que la violencia ha sido observada y estudiada por biólogos, psiquiatras, fisiólogos, antropólogos, sociólogos, etc.
Estos diversos campos de reflexión dimensionan las enormes dificultades que tiene el estudio de la violencia. Lo que podemos establecer es que la violencia actual se nutre de factores históricos, demográficos, psicológicos, económicos, genéticos, sociales entre otros, por ello es fundamental definir el concepto de violencia que se retoma en este trabajo, aclarar el campo conceptual, es decir, ¿qué entendemos por violencia?: La violencia es toda acción u omisión que mediante el empleo deliberado de la fuerza, ya sea física o emocional, logre o tenga el propósito de someter, causar daño u obligar a un sujeto a efectuar algo en contra de su voluntad. Se ha definido un tipo particular de violencia, denominada violencia socioeconómica, y que se manifiesta específicamente como delincuencia y criminalidad, fenómenos que se han convertido en una autentica preocupación para la sociedad, por el incremento constante que han presentado durante los últimos años y cuya presencia se puede percibir en todos los ámbitos sociales.
Debido a la generalización del fenómeno de la violencia no existen grupos sociales protegidos, o sea, la violencia no se restringe a determinados límites sociales, raciales, económicos y/o geográficos, sino que la violencia puede acentuarse por género, edad, etnia, y clase social, independientemente si se es víctima o victimario; es decir la violencia no responde a modas, sino a una realidad específica, un ejemplo indiscutible lo constituye el grupo de jóvenes entre los 16 y 25 años.
La violencia teniendo a los jóvenes como víctimas o victimarios está íntimamente vinculada a la condición de vulnerabilidad social de estos individuos. La vulnerabilidad social es tratada aquí como el resultado negativo de la relación entre la disponibilidad de los recursos materiales o simbólicos de los actores, sean individuos o grupos, y el acceso a la estructura de oportunidades sociales, económicas, culturales que provienen del Estado, del mercado y de la sociedad.
Este resultado se traduce en debilidades o desventajas para el desempeño y movilidad social de los jóvenes. El no acceso a determinados insumos (educación, trabajo, salud, ocio y cultura) disminuyen las posibilidades de adquisición y perfeccionamiento de esos recursos que son fundamentales para que los jóvenes aprovechen las oportunidades ofrecidas por el estado, mercado y sociedad para ascender socialmente. Además, diversas modalidades de separación de los espacios públicos de sociabilidad y la segmentación de servicios básicos (en especial la educación) concurren para ampliar la situación de desigualdades sociales y la segregación de muchos jóvenes.
La situación de vulnerabilidad aliada a las turbulentas condiciones socioeconómicas de muchos países latinoamericanos ocasiona una gran tensión entre los jóvenes que agravan directamente los procesos de integración social, y de algunas situaciones, fomentan el aumento de la violencia y la criminalidad.
Por otro lado influyen, también, los impactos desintegradores de un modelo de crecimiento económico a nivel global y nacional, que ha reforzado la polarización del ingreso y la riqueza entre países y personas generando pobreza, exclusión y menor bienestar; particularmente para las jóvenes generaciones.
Resáltese que la violencia, aunque en muchos casos, esté asociada a la pobreza, no es su consecuencia directa, pero si de la forma como las desigualdades sociales, -la negación del derecho al acceso de bienes y equipos de entretenimiento, deporte, cultura -, operan en las especificidades de cada grupo social desencadenando comportamientos violentos.
Tomando en cuenta que los recursos a disposición del Estado y del mercado son insuficientes para promover por sí solos la superación de la vulnerabilidad y de sus consecuencias, y en particular de la violencia, se defiende el fortalecimiento del capital social intergrupal, por medio del aumento de la participación y valoración de las formas de organización y expresión del joven, como estrategia de acción para involucrar a la sociedad y a sus recursos en la búsqueda de soluciones para el problema.
A partir de la asociación de la vulnerabilidad con la desigualdad social y la segregación juvenil, se ha conseguido definir escenarios de la compleja relación juventud y violencia. Esta relación es percibida como el producto de dinámicas sociales, pautadas por desigualdades de oportunidades, segregaciones, una inserción deficiente en la educación y en el mercado de trabajo, de ausencia de oportunidades de entretenimiento, formación ética y cultural en valores de solidaridad y de cultura de paz y de distanciamiento de los modelos que vinculan esfuerzos y éxito. Por otra parte la desconfianza, el miedo y el odio racial y religioso o la intolerancia ante las diferentes culturas y estilos de vida, levantan en todas partes murallas, debilitando todo vínculo.
De esta forma, la violencia no es un dato inexplicable ni la expresión de comportamientos individuales que de manera aleatoria se relacionan; sino parte de una cultura de resolución de conflictos familiares, sociales, económicos o políticos, exaltados por los medios masivos de comunicación y refrendada por una serie de externalidades sociales que exaltan la supremacía de los más fuertes sobre los más débiles.
En consecuencia, muchos jóvenes quedan relegados a las influencias que nacen de su interacción cotidiana en las calles con otros jóvenes que comparten las mismas carencias.
En relación más directa con la crisis de las instituciones sociales y de orientación normativa, la violencia se ha prestado para muchos jóvenes como un eficiente mecanismo de resolución de conflictos y obtención de recursos. La experiencia de procesos de exclusión y desigualdades sociales, además de generar privaciones materiales, fomenta entre los individuos sentimientos de desilusión y frustración, contribuyendo a la erosión de los lazos de solidaridad. En este contexto, las frágiles redes de cohesión social colaboran para una integración malévola de los jóvenes a espacios restrictos tales como bandas de tráfico de drogas y de armas, pandillas, etc. Esos factores se asocian también a la violencia porque contribuyen a una mayor incidencia de violencia doméstica y violencia contra los niños y adolescentes.
Estudios recientes (Pinheiro, 19993, Gutiérrez, 1978, citado en Abramavay et al, 2002), comprueban que adolescentes víctimas de violencia en la infancia poseen una mayor posibilidad de transformarse en agentes de violencia en el futuro.
Entre las diferentes formas de violencia, que actúan entre los habitantes de las grandes ciudades, inciden factores individuales, familiares, sociales y culturales que afectan a la conducta doméstica y social. Conviene examinar la violencia a partir de un enfoque multicausal con la finalidad de identificar los factores que producen o están asociados a la violencia. En este sentido, es necesario alertar sobre la importancia fundamental de las políticas públicas (universales y específicas), destinadas a los jóvenes.
Todas estas consideraciones nos llevan a introducirnos más en la delincuencia relacionada con los jóvenes y aunado a ello dentro de las características que posee la relación víctima-victimario, una parte fundamental de las manifestaciones de la violencia es el contacto con la percepción de los jóvenes sobre su seguridad.
Delincuencia Juvenil.
El inusitado crecimiento de la delincuencia y de la violencia juvenil tiene sus raíces en la desintegración familiar, las dificultades económicas, el consumo de drogas, y sobre todo, en la falta de atención de los padres.
La situación es grave porque se trata de un problema de falta de oportunidades. Muchas familias no cuentan con recursos para satisfacer sus necesidades inmediatas y tratan de remediar sus problemas delinquiendo.
Especialistas de atención a los jóvenes coinciden en que la principal causa que explica ese inquietante fenómeno social tiene que ver con el descenso de la calidad de vida de los mexicanos, particularmente de la juventud.
Entre las causas detonadoras de la conducta infractora sobresalen las siguientes:
Individuales: problemas emocionales, baja autoestima, poca tolerancia a la frustración, estados depresivos, agresividad, sentimientos de soledad, deseos de experimentar sensaciones fuertes (competencia y aceptación), incapacidad para expresar sentimientos; hipersensibilidad, incapacidad para manejar la presión y difícil temperamento.
En la parte física y mental: inhibición social, dificultad para relacionarse socialmente, baja capacidad de insigh (antecedente-consecuente), poca responsabilidad y consumo de sustancia psicoactivas.
Familiares: desintegración del núcleo familiar, disfuncionalidad caracterizada por problemas de comunicación, mensajes dobles o contradictorios, rigidez en los papeles, abandono afectivo, sobreprotección, violencia intrafamiliar.
Sociales: ambiente criminógeno, hacinamiento, falta de empleo, educación, recreación y cultura, descomposición de las redes sociales, convivencia vecinal, y carencia de servicios. En esta parte, los medios de comunicación juegan un papel determinante al privilegiar el consumo de bebidas alcohólicas, las conductas violentas como una guía para resolver los problemas, convertir a los demás en obstáculos e instrumentos y crear un conflicto entre la presión consumista y la escasa capacidad para satisfacerla.
Una vez mencionado la gran problemática a la que se enfrentan los jóvenes, se hablará de forma más específica de la caótica situación que enfrenta nuestro país.
En México existe una enorme cantidad de jóvenes que son víctimas de un modelo social que conduce a la violencia social, a las drogas y al alcohol, a la deserción escolar y la delincuencia. Muchos de ellos son niños y adolescentes.
En los últimos seis años, el porcentaje de delitos cometidos por menores de 8 a 17 años y jóvenes de 18 a 29 años, que representan una parte importante de la fuerza productiva del país, registra un insólito crecimiento, particularmente en el Distrito Federal. Además, se registra una mayor violencia y abuso en el consumo de drogas, así como una activa participación de las mujeres.
Entre los principales actos delictivos en los que han participado menores de edad se encuentran los siguientes: delitos contra la salud, violación, robo a casa habitación, robo a vehículo, robo a negocio, lesiones por golpes y otos delitos.
La Encuesta Nacional de Inseguridad(1) realizada por el Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad mostró que el 54.3% de los delincuentes tienen entre 16 y 25 años de edad, es decir que más de la mitad de los delincuentes son jóvenes. Solamente un 3% son niños menores de 15 años.
Estos datos demuestran que los jóvenes recurren a la delincuencia, siendo el robo o salto a persona el delito en que más incurren con el 58.2% de los casos, utilizando para la perpetración del hecho delictivo navaja o cuchillo en la mayoría de los casos.

Gráfica 1. Edad de los delincuentes.
Autoridades federales y locales y especialistas en el tema coinciden en que lo anterior es consecuencia del grave deterioro de la calidad de vida que resiente, de manera especial, ese sector de la población. Explican que en lugar de tener a la mano alternativas que garanticen su desarrollo, adolescentes y jóvenes de entre 15 y 24 años están condenados, de antemano, a subsistir en medio del desempleo, la violencia intrafamiliar, el consumo de drogas y alcohol, y la deserción escolar, en suma, de la pobreza.
Además se considera que el explosivo crecimiento del consumo de drogas en la población juvenil hace a los jóvenes más agresivos, más propensos a la violencia por un lado y por otro los impulsa a delinquir.
Dice Elena Azaola, consejera de la Comisión de Derechos Humanos del D.F.: “que se puede esperar de un país donde sólo el 17% de los jóvenes pueden acceder a la universidad, de una ciudad en la que 24% de la población joven no estudia ni trabaja. Sostiene que desde 1995, la juventud mexicana no tiene más referentes que la crisis económica, la corrupción, la violencia, los crímenes, y si a eso se agrega el desgaste del tejido social o la patología de los vínculos sociales, la situación resulta peor. De verdad, es grave, terrible, la pérdida de calidad de vida en el país”. (Proceso, Mayo 9 de 2002).
Las políticas públicas encaminadas a garantizar el pleno desarrollo de los jóvenes, derecho a la salud, a la estabilidad emocional, a la educación, a la cultura y la diversión, entre otros satisfactores previstos en tratados internacionales firmados por México para la prevención de la delincuencia, no han reunido frutos hasta ahora.
Lo más grave es que la situación ha empeorado: ahora existe un comportamiento más violento en los jóvenes, en todos los niveles. Se trata de una generación visual que nació con la televisión y los videojuegos que proyectan toda esa carga de violencia.
Uno de los motivos por los que se hace la asociación entre jóvenes y delincuencia es debido en gran medida a los medios de comunicación, en los cuales frecuentemente se presentan a los jóvenes como rebeldes, vagos, pandilleros, porros y delincuentes; por lo cual la sociedad tiende a estigmatizar, esto es colocar una etiqueta a los jóvenes, los asocian con cualquiera de los términos anteriores si presentan algunas de las características presentadas en las imágenes, ya que todo joven solo o asociado, con una característica de peinarse o de vestirse, circulando por ciertas zonas de la ciudad es detenido, golpeado, esculcado y convertido en delincuente, mas o menos peligroso dependiendo de su situación al ser detenido, de lo que se le encuentre en los bolsillos, o de la hora y día de la semana en que sea sorprendido, en este sentido los jóvenes se vuelven objeto de sospecha; en conclusión los jóvenes deben sufrir las consecuencias de esta identificación entre violencia-jóvenes, jóvenes-delincuentes.
Retomando la problemática del etiquetamiento de los jóvenes y su generalización puede estar asociada a que el 60% de la población penitenciaria sentenciada en los Centros de Reclusión del Distrito Federal es catalogada como joven, hablamos de un rango de edad comprendido entre los 15 y los 29 años, además de que los 134 centros de readaptación social juveniles a nivel Nacional (correccional, tutelar y centros de diagnostico) tenían una población de 2879 hasta el 2001, en los cuales se encuentran los menores de 18 años (lo cual puede variar de acuerdo al caso) estos datos fueron obtenidos de una investigación publicada en la revista Proceso.
La Encuesta Nacional de Inseguridad realizada por el Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad (ICESI), mostró que sólo 1,487 personas que se expresa en un porcentaje de 37.6% del total de las víctimas (3891) reportó el delito, de este 37.6% sólo 1136 personas que equivale el 77.5% levantó un acta ante el Ministerio Público y sólo en 146 casos (13.3%) se consigno al delincuente. De estos casos consignados el 53.7% eran jóvenes de 16 a 25 años. Estos datos muestran la falta de una cultura de denuncia en México, esto se puede explicar por la desconfianza que existe hacia las autoridades, pues como se observa un porcentaje muy pequeño se le consigno. Por otra parte el hecho de que los consignados sean jóvenes es de suma importancia, pues un número importante de este grupo, el cual se desconoce, es llevado a los centros de readaptación social juvenil, mismos que coadyuvan a que los jóvenes que fueron consignados por un delito menor aprendan estrategias para delinquir y en alguno de los casos reincidan con un delito mayor.

Gràfica 2*.PORCENTAJES DE CONSIGNACION SEGUN EDAD DEL DELINCUENTE
Hasta el momento se ha considerado a los jóvenes como generadores de violencia, sin embargo debemos reconocer que este grupo también ha sido víctima de esta problemática, es decir la delincuencia y violencia se ha volcado contra ellos. De esta manera los jóvenes no sólo deben ser vistos como victimarios sino como victimas.
Actualmente existe un cambio en las causas y en la naturaleza de la violencia principalmente en la última década y también entre la población joven de 15 a 24 años de edad (CEPAL, 1998., citado en Abramovay et al, 2002).
Se ha observado una incidencia mucho mayor de víctimas entre los jóvenes del sexo masculino, destacándose también estos entre los agresores. Varios estudios alertan sobre la construcción de la masculinidad basada en valores de violencia (Breines et al, 2000., citado en Abramovay et al, 2002), exhibición de fuerza y la negociación de la agresividad y conflictos no por peleas o alteraciones verbales, sino por la banalización del uso de armas.
Como se menciona los jóvenes son a la vez un grupo vulnerable a la delincuencia, la Encuesta Nacional de Inseguridad mostró que del total de la población que fue víctima de un delito, el 24.6% fueron jóvenes entre los 21 y 30 años de edad, y el 7.9 % son jóvenes de 16 a 20 años, demostrando que los jóvenes se han convertido tanto en víctimas como victimarios. La encuesta también arrojó que del total de los delitos ocurridos contra jóvenes el de mayor incidencia es el robo o asalto a persona con el 52.2% de los casos, siguiéndole el robo de vehículo o accesorios con el 14.9% y el robo a casa con el 13.6%.

Gráfica 3*. Edad de las victimas.
La ausencia de controles Institucionales efectivos propician la presencia de actos violentos. La deficiencia de los sistemas judiciales, la falta de confianza de la población en la aplicación y cumplimiento de las leyes, y de desconfianza de la policía contribuyen significativamente para el incremento de actos violentos. A partir de este punto de vista, la impunidad de los crímenes aumenta la inseguridad, pues los criminales evalúan que el riesgo de que sean capturados o de enfrentar períodos de detención es menor que los eventuales beneficios que pueden ser conseguidos por medio del crimen. Desde el punto de vista de las víctimas aparece el sentimiento de falta de protección oficial que, en el límite, pueden incluso llevar a cometer justicia con las propias manos.
A pesar de ser un grupo vulnerable a ser victimizado la Encuesta Nacional de Inseguridad mostró que el 41% de los jóvenes se percibe algo seguro en relación con la delincuencia, es decir que perciben la inseguridad como una amenaza general y lejana, sin embargo si reconocen que la delincuencia representa un peligro social con posibles repercusiones sobre sus propias vidas, ya que el 28% se percibe algo inseguro es decir teme ser víctima de algún delito. Otro dato importante que arrojó esta encuesta es que del total de la población, los jóvenes son los que se sienten menos inseguros en comparación con los otros grupos de edad. Como se muestra en la gráfica, conforme aumenta la edad aumenta el grado de inseguridad alcanzando su máximo en el rango de edad de 46 a 55 años.

Gráfica 4 - Percepción de la seguridad.
La gráfica 5 esta íntimamente relacionada con la percepción que tienen de la seguridad los jóvenes, pues como ya se mencionó los jóvenes son los que más seguros se sienten, al grado que sólo el 19% de ellos dejó de realizar actividades, porcentaje pequeño en comparación con los otros grupos de edad. Dentro de las actividades que los jóvenes han tratado de evitar para no ser víctimas de la delincuencia, es salir de noche con un 70.2%, usar joyas y llevar dinero en efectivo con 9.1% y 5.9% respectivamente.

Gráfica 5 - MODIFICACION DE CONDUCTA
Sólo el 19% de los jóvenes dejaron de realizar actividades que antes hacían, por temor a ser víctimas de un delito.
Como podemos ver la violencia y con ello la delincuencia juvenil no es producida aleatoriamente sino que esta compuesta por una serie de factores que propician que cada vez más jóvenes adopten la violencia como una forma de vida.
Sin embargo cabe aclarar que la conducta violenta y delictiva no es característica de un grupo social específico, por tanto seria aventurado pensar que la mayoría de los jóvenes son responsables de esta problemática.
Conclusiones.
Al tratar a la delincuencia, como uno de los puntos más importantes relacionados con la violencia juvenil, nos damos cuenta del rumbo que puede tomar esta problemática y así crear conciencia de la necesidad urgente hacia la toma medidas o propuestas de solución, una de ellas y quizás la más importante, es darle prioridad a la participación de los jóvenes como protagonistas de su proceso de desarrollo, ya que esto resulta una alternativa eficiente para superar la vulnerabilidad de esos actores, sacándolos del ambiente de incertidumbre e inseguridad, pues si bien, es cierto que los jóvenes son los que tienen la energía, la decisión, la valentía para violentar, también son los más vulnerables y deseosos de experimentar nuevas formas de existir y ser reconocidos por otros individuos.
Captar y diseminar la expresión de los jóvenes, concretando sus potencialidades y permitiendo que ellos contribuyan a la resolución de la problematización de la vida cotidiana, es la piedra fundamental para el éxito de los programas de políticas públicas para la prevención y la disminución de la violencia juvenil. Además, la valorización de sus formas de expresión típicamente juveniles, como la música y el graffiti, colaboran para que, tanto los propios jóvenes como el resto de la sociedad, reconozcan que son capaces de contribuir y de construir soluciones viables para los conflictos sociales, como pudiera ser el fomento a la investigación sobre la violencia social, pues se buscarían otras alternativas a las ya propuestas para el tratamiento de esta problemática.
En la implementación de una línea de políticas públicas que sirvan para el fortalecimiento del capital social, se reconoce la necesidad de un cambio en la percepción de los formuladores de dichas políticas sobre el diseño y la importancia de las políticas sociales. Además es necesario establecer la clara necesidad de interacción entre lo que debe y puede ser desempeñado por el estado, el mercado de trabajo y la sociedad para la superación de la vulnerabilidad social.
Por último habría que aclarar que el rango de edad para definir a los jóvenes es muy variado, así se observó en distintas investigaciones consultadas la diversidad del tratamiento definitorio, por ejemplo al retomar al Sociólogo Pierre Bourdieu en su artículo La ‘juventud sólo es una palabra’, nos explica que las divisiones entre las edades son arbitrarias, ya que cuando se dice joven o viejo siempre se hace en relación a alguien por lo cual son objeto de manipulación, nos referimos a esto para determinar que no todos los que parecen jóvenes lo son, ni todos deben asociarse con violencia y delincuencia.
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[i] Director Técnico del ICESI. Octubre de 2002.






